Me levanté hoy con la idea fija de ir al taller literario. Hacía casi tres meses que no iba. El asunto es que ya sea por una cosa u otra me he ido distanciando. Pero esta mañana quise ir porque hay que mantener la presencia como parte de esta carrera por publicar y ser conocido. Al llegar recibí una sorpresa. Me encontré con Noel, poeta y narrador con par de libros publicados. Entonces me entero que se celebra el encuentro-debate de talleres literarios. Para quienes no saben les explico en qué consisten estos encuentros de carácter anual: Compiten un número de escritores en los apartados de literatura infantil, y de poesía y narrativa para adultos. Hay que llevar tres copias (una para cada miembro de un jurado compuesto por consagrados y prestigiosos escritores que evaluarán tu obra) y leerla ante ellos. Al final deliberan y premian la obra que consideran mejor. Casualmente tenía un cuento. Lo había escrito el miércoles a la carrera y en un rapto de inspiración.
Me fui para mi trabajo, abrí la PC e imprimí las copias. Regresé como un rayo. Entré a la sala donde comenzaría la lectura de las obras de narrativa. Uno a uno, todos leyeron sus cuentos. El jurado hacía las observaciones pertinentes y yo evaluaba mis posibilidades. Tengo que decir que desde mucho antes le tenía fe a mi cuento. En mi opinión es lo mejor que he escrito, al menos desde un punto de vista técnico-literario. Mucho mejor que el Relato Delirios con el que gané el premio Baragaño del 2017, evento de mayor trascendencia. Por supuesto, todo cuento, relato o novela es perfectible. Y el mío no es la excepción.
¿Qué importancia tiene ganar este encuentro-debate? Pues en mi caso personal me sigue visibilizando como escritor y me brinda la posibilidad de competir en un encuentro literario de mayor rango. Todo eso ayuda, junto con la publicación de mi primer libro, a avanzar en el camino de convertirme en un escritor reconocido que pueda vivir de la literatura. Entonces, y solo entonces, me deshago de todo vínculo laboral y trabajo solo bajo mis propias órdenes y haciendo lo que me gusta. ¡Esa es la meta!
Pues bien, prosigo. Al leer mi cuento recibí algunos criterios del jurado. Lo peor: Algunos énfasis que sobraban y un final cuyo presupuesto pudo resolverse en el desarrollo. Con esto último no estoy de acuerdo, y es la opinión de uno solo de los jurados. Lo bueno: Me dijeron que soy un escritor de pies a cabeza, que tengo un estilo que atrapa al lector desde el inicio y que poseo una gran destreza narrativa. Hasta me compararon con uno de los mejores escritores cubanos del momento. Hasta ese momento nadie había recibido mejores valoraciones. Hasta recordé por asociación a esos programas de sonando en Cuba y bailando en…ustedes saben.
Más adelante leyó su cuento una joven de 19 años, estudiante del Pedagógico. Es muy talentosa. Ganó recientemente un concurso literario de carácter nacional. Pero lo más interesante y curioso es que uno de los escritores que integraban el jurado es el director del taller literario al que ella pertenece. Es, en definitivas, su mentor, por lo que no me parece acertado que sea uno de los jurados. Ni acertado ni justo. Al conocer esto comencé a dudar de mis posibilidades. ¿Lógico no?
Y a riesgo de parecer inmodesto, aun cuando su cuento era bueno, estoy convencido de que el mío era mejor, pero no voy a explicar aquí las razones porque no viene a cuento y pareceré un llorón. Al final todos terminaron las lecturas y el jurado se retiró a deliberar con las copias respectivas.
Pasan los minutos. Llevamos media hora esperando y todavía no vienen con la decisión.
Al fin dan el veredicto. La jovencita obtuvo el premio y a mí me dieron una mención especial, además de una “pacotilla” y un insulso diploma que dormirá en un rincón. Ahhh, y cosa rara porque este privilegio iba a ser solo para quien ganara este evento…me dan el derecho, junto con la ganadora, a participar en ese próximo encuentro-debate, que es de mayor “categuria”,
Sábado, 23 de junio del 2018
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